Abuela y las escondidas.

Abuela Nube. Capítulo 4
Abuela y las escondidas

Cuando llegaba el invierno y las bufandas de colores y los gorros con pompones se imponían en las calles como un concurso de creatividad de las madres, tías y abuelas, con mis hermanas nos escondíamos en casa de la abuela. El desfile de bufandas disparatadas llegaba a un nivel casi insoportable.  Bufandas de colores tan vibrantes que encandilaban a los caballos, o simulando arañas o  víboras saperas que asustaban a más de una panadera distraída, gorros con ojos y pelos postizos que a lo lejos nos transformaban en pequeños duendes de caras largas. La mítica bufanda con brazos postizos de  doña Margarita fue una de las más recordada, el patio de la escuela se volvió el lugar privilegiado de falsos abrazos, de bromas sobre quebraduras de huesos inexistentes. de machetes indetectables. 

Abuela nos esperaba con el mate cocido humeante y tostadas de pan casero con semillas de girasol. En su mesa, sus adoradas hojas crujientes en el cuenco de madera acunando los últimos rayos del sol. 

Las ramas del laurel crecido nos facilitaban entrar a escondidas, desaparecer en un segundo y aparecer del otro lado. De ese lado misterioso y aromático que era la casa de la abuela Reyes. Con sus cascabelitos para espantar los pajaritos de la huerta, y las muchas plantas que al rozarlas al pasar desprendían aromas frescos, lavanda, menta, pasionaria, cedrón, peperina… 

Cubiertas con una manta, que abuela dejaba a propósito escondida entre el laurel, entrabamos ocultas, y nos escabulliamos hasta la puerta como unas brujas en pleno aquelarre. En la puerta expectante, estaba Reyes, lista para abrir apenas escucharnos llegar. Nos abrazabamos bajo la manta y seguiamos en “modo secreto” un buen rato,

hablando bajito, riéndonos complicemente. 

La virtud de la abuela en las escondidas no era la velocidad de su escape, ni lo inesperado de su escondite, era su capacidad de volverse invisible a nuestros ojos. 

Podía mimetizarse con casi cualquier cosa, con las plantas,con las sombras de los árboles, las cortinas. Un día se volvió  lámpara y tardamos una semana en descubrirla.

Dice que aprendió el arte de la escondida de un árbol.  De tanto mirarlo descubrió que el árbol se movía porque que la sombra nunca era igual. Son esas las cosas que descubrió cuando dejó de correr a tiempo. 

En esas tardes donde aún podía de rodillas plantar sus aromáticas, la Artemisa la tenía a mal traer, nunca florecía, siempre entristecida por la falta de sol. Abuela miraba hacia donde  los rayos iluminaban el jardín y disponía allí un hermoso lugar para ella. Pero al día siguiente la sombra otra vez  entristecía a la Artemisa. Abuela iba y venía sin dar con el lugar indicado. Un día levantó la vista y descubrió que ya había ahuecado todo el camino a la casa buscando el lugar soleado. Ese día se sentó y con la Artemisa entre las piernas reposando en su delantal se quedó mirando el jardín. Miró las sombras, las hojas del durazno, la madera del árbol del membrillo, el movimiento de los álamos,  los brotes del limonero, podía sentir que en esa quietud reinaba el movimiento. A la tarde siguiente volvió a sentarse en el mismo lugar y volvió a realizar el mismo recorrido con sus ojos.. las hojas del durazno, la madera del árbol del membrillo, los álamos, el limonero… no halló nada extraño al día anterior. Volvió a mirar pero ahora al revés empezando por el limonero, los álamos, el membrillo, las hojas del durazno y llegó hasta la parra.. tampoco encontró nada. Afinó los ojos y miró piedrita por piedrita desde su alpargata hasta sus plantas de aromáticas y ¡zas! ahí estaba la clave, una hoja del Manzano. 

A la madrugada siguiente, envuelta en esa manta que nos dejaba en el laurel abuela se escabulló entre los árboles y vió algo que nunca se imagino ver, al manzano bailando frente a la Mora. Agitando las ramas con la delicadeza de un baile japonés, generando una propia canción con las hojas al rozarlas el aire del movimiento, haciendo giros casi imperceptibles y figuras con sus manzanas. Abuela maravillada con tal arte del baile quiso acercarse para verlo mejor pero el manzano la vio y se congeló. Su tronco quedó instantáneamente inmóvil, detenido en un medio giró a punto de saltar como un bailarín ruso.

Abuela apenada se metió para dentro sin decir palabra. y desde ese día es muy respetuosa de las horas en las que observa su jardín o toma mate bajo la mora.

Fin.

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